De Egipto a Canaan pasando por el Poy

Muchas más cosas se pueden escribir de lo que pensaban y decían los salvadoreños en Mesa Grande horas antes del retorno. Pero por fin llegó la hora de la partida a sus diversos lugares. Cómo fue su regreso, con qué apoyos y dificultades, con qué sufrimientos y esperanzas, lo iremos comentando en suc...

Descripción completa

Autor Principal: Centro Ignaciano de Centroamérica, (CICA)
Formato: Artículo
Idioma: Español
Publicado: Centro Ignaciano de Centroamérica 1987
Materias:
Acceso en línea: http://repositorio.uca.edu.ni/3728/
http://repositorio.uca.edu.ni/3728/1/De%20Egipto%20a%20Canaan%20pasando%20por%20el%20Poy.pdf
Sumario: Muchas más cosas se pueden escribir de lo que pensaban y decían los salvadoreños en Mesa Grande horas antes del retorno. Pero por fin llegó la hora de la partida a sus diversos lugares. Cómo fue su regreso, con qué apoyos y dificultades, con qué sufrimientos y esperanzas, lo iremos comentando en sucesivos números. Ofrecemos hoy una narración testimonial y reflexionada, sobre el grupo que regresó a Las Vueltas, Chalatenango. Un pueblo errante, pero siempre con Dios No es la primera vez que el pueblo salvadoreño, como antaño el pueblo de Israel, se pone en marcha. Desde hace siete años ha estado peregrinando, huyendo de la persecución y de la represión de ejércitos al servicio de los ricos y poderosos. Hace años fueron a Honduras para buscar allí un mínimo de seguridad y de vida. Allí los recogió el ACNUR, pero su llegada no fue nada fácil. Antes tuvieron que cruzar ríos profundos donde muchos quedaron sepultados, dejaron campos quemados en que algunos perdieron sus pertenencias y, sobre todo, sus hijos, pasaron junto a cerros desde los que les dispararon. Pero llegaron a Honduras, y en aquellos campamentos comenzaron una nueva vida y aprendieron cosas muy importantes: para sobrevivir hay que vivir en comunidad, trabajar en colectivo, comer de las mismas tortillas y frijoles, hacer su ropa y su calzado, mejorar su dieta alimenticia con el sembrado de hortalizas, cuidar de su salud y de la higiene, enseñar y aprender a leer y a escribir. Y, todos unidos, han ido también conocimiento mejor a su Dios. Pero, como para el pueblo de Jahvé, ha llegado la hora de regresar a su tierra. Han sobrevivido en los campamentos hondureños, pero allí no están en su tierra ni los campamentos son el mejor ambiente para que crezcan sus hijos. Sienten que el Señor les dice "tomen sus pertenencias y animales y tomen sobre todo el espíritu de solidaridad, el espíritu de pueblo, y regresen a poblar su tierra, El Salvador". Y gran parte de ese pueblo, más de 4.Ü00 personas, han escuchado esa palabra de Dios, levantan sus tiendas, recogen sus gallinas y conejos, sus martillos y cumas -los sastres, hasta sus máquinas de costura- y emprenden camino. El regreso es duro. No han sido necesarios diez meses para que les permitan reingresar a su tierra. Ni el plan Arias ni Esquipulas II estaban en el horizonte cuando decidieron regresar en enero. Sólo seguían la voz de Dios y el saber que debían poblar y sembrar en su tierra los valores del hombre nuevo. Han tenido, es cierto, mucho apoyo de gente buena, de médicos y enfermeras, de religiosas y sacerdotes, y sobre todo del pueblo sencillo que siempre les ha dado una tortilla o cobijo para pasar la noche.